Es el título de la nota publicada en la Revista Aeroespacio de Agosto de 1967, en donde el autor, Don Antonio Biedma Recalde, realiza una breve reseña de actividades de ciencia e investigación en la que fueron utilizados los barriletes, en Argentina y otros países. A continuación la transcribirmos.
Periódicamente, por temporadas, como respondiendo más a un calendario deportivo que al almanaque, vemos poblarse el aire de barriletes. Este juguete milenario que conservando sus legendarias formas jamás perdió popularidad entre los niños; ni entre los hombres, aunque no ya con tanta fidelidad en su aspecto, en su construcción ni en su empleo. Una vez leímos en prestigioso matutino capitalino que la policía local en 1857 había prohibido terminantemente su uso en la ciudad por ser causa de accidentes y perjuicios; y que, años mas tarde, las autoridades comunales habían dispuesto igual restricción.
Pero los tiempos son cambiantes y mientras una junta vecinal rosarina hace un par de años –con aplauso general- establecía el “Día del Barrilete”, la propia Municipalidad de Buenos Aires convocaba en la Plaza Urquiza al más grande torneo de que tengamos memoria; y, lo que es más aún, recientemente hemos asistido en pleno Balneario Municipal a las espectaculares y atrayentes exhibiciones de esquí acuático volador donde el deportista se mostraba colgado de un barrilete arrastrado por modernas y veloces “mojaras”. Y aquí lo que en cierto modo es esporádico, en China y Japón constituye el más popular de los juegos o entretenimientos, por no decir “pasión nacional”.
Por lo general se atribuye la invención del barrilete a Arquitas de Tarento (490-384 A.C.) y al general chino Han-Sin su aplicación práctica como instrumento de comunicación con una capital sitiada en el año 206 antes de Jesucristo. Antes de continuar, digamos que barrilete –cuyo nombre académico sería el de cometa-, también es llamado birlocha, papagayo, volantín o pandorga; mientras que su utilización para investigaciones científicas, vulgarizada en Francia, y su posterior uso para ascensiones tripuladas universalizó el inconfundible vocablo cerf-volant.
Luego de la experiencia del general Han-Sin pasarían siglos antes que el barrilete se aplicara a fines prácticos. Lo hicieron recién en 1749 el doctor Alejandro Wilson, de Edimburgo, y Tomás Melville, de Glasgow, para el relevamiento de presión, humedad y temperatura atmosférica al permitirles elevar a diferentes alturas instrumental adecuado; y en 1752 el célebre norteamericano Benjamín Franklin, en Filadelfia, para demostrar la identidad del rayo y la materia eléctrica mediante la elevación a gran altura y en medio de una tormenta, de una varilla de hierro unida a una llave a su alcance por la cuerda de cáñamo, probablemente conductora. A partir de la llave y hasta las manos del niño que gobernaba el barrilete, la cuerda era entonces de un material aislante.
Heinemann Haak junto a uno de sus barriletes principales, cuya magnitud puede apreciarse.
Ciento y un años después –1896, para ser mas precisos- Lawrence Roth, desde el Observatorio de Blue-Hill (EE. UU.) y don León Teisserenc de Bort, director del de Paris, empleando métodos semejantes, inician el estudio de la dinámica atmosférica. A todo esto, en la técnica de elevación y manejo de los ya convertidos universalmente en “cerf-volant”, se había logrado notable progreso.
Pero el hombre, dominado siempre por innata ambición de enseñorearse del aire, no dejó de repararen los barriletes para intentar su satisfacción. Correspondió la iniciativa al capitán de cabotaje Jean Marie Le Bris, quien en 1856, construyó un modelo de diseño propio con el que habría de alcanzar en Tréfeunctec unos 100 metros de altura, remolcado por una charrete a caballo; altura de la que, falto de velocidad, cayó a tierra fracturándose una pierna. Le Bris sucumbiría tiempo después tratando de efectuar vuelos con un planeador.
M. Maillot, en 1886, reeditó las experiencias de Le Bris; pero, como aquél, estuvo a punto de sufrir las consecuencias de precipitado descenso por falta de velocidad. Ambos casos, pues, pusieron de relieve el riesgo de confiar la vida a una cometa única, que por el peso que debía levantar exigía dimensiones excesivas, las que, a su vez, creaban enormes dificultades para su maniobra.
Lawrence Hargrave, residente en Australia, con propósitos de investigación meteorológica, también, puso su atención en los barriletes, y en 1894 creó su famoso tipo celular que elevó en número de tres, obteniendo buena elevación, evidente fuerza ascensional, solidez estructural y seguridad al hallarse unidos entre sí, en concurrencia con un mismo cable.
La solución estaba dada. El inglés E. F. S. Baden-Powell, en, 1896, y Hugo Wise, poco menos que inmediatamente después; Samuel F. Cody más tarde y el francés .J. Sacconey, finalmente, ya con diseños planos, ya con celulares, perfeccionaron el sistema haciendo posible, sencillo y seguro, el propósito del desafortunado -más tarde mártir- Jean Marie Le Bris: usar el barrilete como observatorio aéreo. Observación militar, esa fue su más asidua aplicación; otros lo usaron para remolque de lanchas; ahora las lanchas los remolcan a ellos para levantar a los esquiadores acuáticos; y hubo hasta quienes los usaron para la pesca a distancia.
Mas no es nuestro propósito seguir el desarrollo del barrilete, cometa o "cerf-volant", como quiera llamársele, sino el de referirnos a los casos de nuestro conocimiento ocurridos en nuestro país. ¿Con qué fines? Con el muy simple de tratar de establecer su industria; procurando propiciar su uso por el ejército para observaciones aéreas; por la Oficina Meteorológica para sondeos con instrumental; por empresas privadas, para publicidad; por los deportistas en general y aficionados a la fotografía en particular.
El más antiguo de aquellos casos ocurrió en 1899 -que unos dijeron era el último año del siglo y otros que no y fue protagonizado por los ingenieros Heynemann y Haak, quienes se presentaron como inventores de un aparato compuesto de numerosos barriletes que: "combinados entre sí expresaban se estimulan a subir y reuniendo por una ingeniosa correlación de impulsos sus diversas energías, llegan a determinar una potencia ascensional considerable, no bien calculada todavía, pero de evidente eficacia, ya capaz de elevar, en el estado aún materialmente imperfecto del aparato, una barquilla con un tripulante". A esto, añadían que con vientos normales estaban seguros de alcanzar los 50 metros, altura que podía sobrepasarse en la medida en que los vientos acrecentaran su velocidad. Sus primeras gestiones de orden financiero, se hicieron ante el Ministerio de Guerra, al que el año anterior habían visto secundar por intermedio del Estado Mayor General la actividad aerostática del capitán italiano Cetti. En apoyo de aquéllas hacían notar que si bien un globo cautivo podía ser derribado de un cañonazo, no podía ocurrir lo mismo con el aparato por ellos inventado, ya que la destrucción de uno, dos y hasta tres barriletes poco habría de influir para que aquel dejara de cumplir su cometido.
El aparato lo integraban cinco o más barriletes, independientes, que se elevaban uno a continuación de otro y a distancias equivalentes. Cada barrilete, de diseño plano, construido con armazón de madera cubierta por tela y lona que le acordaba una superficie sustentadora de 12 m2, era precedido en el lanzamiento por otro proporcionalmente de muy pequeñas dimensiones, llamado guía, y cuya misión era arrastrarlo tras de sí y facilitar su subsiguiente elevación. De este modo, una vez en el aire los barriletes sustentadores constituían un verdadero racimo, y sus respectivos hilos, formando haz, convergían a una cuerda de 400 metros de longitud, en cuyo punto de unión existía el dispositivo de enganche de la barquilla.
Los ingenieros Haynemann y Haak remontando su racimo de barriletes en la quinta Olivera, en 1899.
El Estado Mayor General nombró una comisión de oficiales presidida por el comandante Dellepiane para asistir a las pruebas que fueron realizadas con buen éxito en la Tablada de Barrancas al Sur el 29 de abril de aquel discutido año "fin de siglo". En qué terminaron aquellas experiencias, y los pedidos de ayuda para el perfeccionamiento del aparato por el mejoramiento de las construcciones, es cosa que no hemos averiguado. El silencio con que los días los envolvieron, llevan a. pensar que fueron hechos sin pena ni gloria.
Y sin pena ni gloria -que nosotros al menos lo sepamos- debieron terminar los meritorios y brillantes ensayos realizados a lo largo de 1912 por don Enrique Cetrán, que el 26 de mayo de aquel año, en la quinta Olivera, usando un tren de "cerfs-volants" tipo celular, llegó a alcanzar 55 metros de altura sobre la perpendicular, con dos personas en la barquilla y viento suave.
Las características de cada "cerf-volant" eran las siguientes: largo, 3,22 m.; superficie sustentadora, 10 m2; peso, 11,200 kg.; peso de la barquilla, 15 kg. Poder ascensional con viento de 55 km/h., 35 kg. Cable de acero de 4 mm. y resistencia de 1300 kg.
La ascensión se iniciaba haciendo elevar el primer tren de 4 "cerfs. volants" separados 10 metros uno de otro, pero perfectamente sujetos entre sí, con un cable de largo total de 100 metros mediante un torno que lo conservaba enrollado. A continuación le seguía otro tren similar y, por último, un tercero. Al final de este último, la barquilla; y junto a la barquilla un "cerf-volant" suplementario para atenuar la caída en caso de rotura, e instrumento idóneo para orientar y dirigir la maniobra. El piloto, por su parte, independientemente por medio de cuerdas y poleas podía hacer subir o bajar dicha barquilla.
En 1913, durante semanas tuvimos oportunidad de ver uno de estos "cerf-volant" permanentemente en el aire fuertemente atado a una de las barandillas que limitaban la cancha de vuelo en la Escuela de Aviación Militar de El Palomar. Una noche el viento se hizo huracán. La madrugada descubrió dos postes, solitarios, con extrañas reminiscencias de palenque. Nadie volvió a ver a aquel "cerf-volant" ni al trozo de barandilla a que permanecía sujeto.
Ahora bien; igualmente fueron usados en el país, con fines de estudio. Estimamos como su más antiguo antecedente el de la estación magnética de Pilar (Córdoba) de la Oficina Meteorológica Argentina, que en agosto de 1910 inicia la investigación sistemática de los estratos de la atmósfera, conforme a las recomendaciones del Comité Internacional de Aeronáutica de 1898, luego de un período experimental iniciado en 1894. Para enviar a lo alto meteorógrafos que registraban automáticamente temperatura, presión, humedad relativa y velocidad del viento, en Pilar fueron utilizados barriletes de variado diseño, siempre en días de vientos superiores a los 30 kilómetros por hora, llegándose en oportunidades hasta los 4500 metros de altura.
BIEDMA RECALDE, Antonio M., “...y porqué no hablar de barriletes?”, Revista Aeroespacio, Agosto 1967, pp. 52-54.