Lo que comenzó como un sueño, finalmente lo convertimos en una realidad: viajar a China, Japón y Malasia, para los barrileteros es una visita al paraíso.
Claris y yo emprendimos un viaje largo, muy largo, pero bueno, es al otro lado del mundo: Ciudad del Cabo, Johannesburgo, Kuala Lumpur y finalmente Beijing! Treinta horas de vuelo más las esperas, la diferencia de uso horario, nos envolvió en una extraña sensación de confusa atemporalidad. Llegamos al atardecer dos días más tarde desde nuestra partida. Y comenzó el asombro: todo es monumental, el aeropuerto, las autopistas, las avenidas, los edificios. No son suficientes los ojos para captar la diversidad de formas, colores y estructuras.
Arribamos al hotel y allí nos esperaba Andreas Agren, barriletero sueco, amante del tango, de exquisita amabilidad y cortesía. Extraña sensación reencontrarnos en un lugar tan lejano después de siete años sin vernos. Ya en la habitación desensillamos, intercambiamos regalos, y comenzamos a delinear las actividades de los días siguientes. A pesar del cansancio nos ganó la ansiedad y salimos a recorrer las calles cercanas al hotel. Andreas ofició de facilitador y guía: nos condujo por el distrito comercial próximo a la Ciudad Prohibida y la Plaza de Tian 'anmen.
Como buenos argentinos, debimos borrar de inmediato cualquier preconcepto o suposición sobre Pekín que traíamos en nuestras mochilas. Avenidas enormes, impecablemente limpias, edificios de tiendas por departamento, y las principales marcas de la moda internacional exhibiendo sus productos en vidrieras elegantemente arregladas. Pantallas gigantes proyectan videos musicales, publicidades de promoción de destinos turísticos, o productos electrónicos nos dejaron bobos por su tamaño y calidad de imagen. Y gente, muchísima gente, como era de esperar, caminando plácidamente en el bullicio colorido.
Ciudad de contrastes: un edificio comercial con iluminación de colores cambiantes aloja locales de cafetería como Starbucks o heladería como Hagen Das. Apenas a unos metros, una feria de aproximadamente 100 puestos callejeros de comida, ofrecía las más variada y exótica gastronomía: brochetas de escorpiones, caballitos de mar, crisálidas, serpiente, peces marinos de extrañas formas; sopas de desconocidos o irreconocibles componentes. Aromas especiados, griterío de cocineros invitando a degustar, turistas occidentales con ojos desorbitados y una marea de locales saboreando estos manjares. Claris me ofreció probar los escorpiones. Automáticamente me hice vegetariano extremo, no por convicción. Y terminé huyendo cuando lo vi deglutir semejante exquisitez. Andreas, visitante experimentado, se encargó de las fotografías.
Doscientos metros más adelante, al costado de un lujoso edificio con tiendas de Luis Vuitton o Hermenegildo Zegna, encontramos el acceso a una feria de… chinerías. Sí, así denomino yo a la variada colección de objetos rojos-dorados-brillantes como moños, gatos de la suerte, sombrillas, peluches, linternas con brújulas, encendedores con leds superluminosos, Rolex, reproductores mp4 con tensiómetros, casacas de seda, y miles de objetos más. Y las denomino chinerías, no peyorativamente, por el contrario para denotar la extensísima y sorprendente lista de cosas insólitas. Los vendedores se arrojaban sobre nosotros para intentar convencernos y allí comenzó la primera experiencia de regateo. Normalmente cuando se pide el precio de un bien, te dan valores carísimos. Comienza el juego de oferta y contraoferta, pero usualmente finalizas pagando el veinte o treinta por ciento del valor de origen. El primer día es divertido; luego se torna en un fastidio, una compra que debiera demandar 2 minutos se convierte en una contienda de 10 a 15 minutos. Y pierdes la referencia de los valores, lo que creíste pagar una ganga, resulta caro comparado con otros comercios. Y yo personalmente termino mareado…
Fuimos a dormir agotados, pues la mañana siguiente nos esperaba nuestro primer encuentro con los barrileteros locales.
Gustavo