Aunque su origen es incierto, se supone que los barriletes nacieron en China hace de más de 2.500 años. Varias leyendas dan cuenta de ello: un sombrero de bambú de un campesino llevado por el viento, la vela de un navío o tal vez la obra del filósofo Mo Ti, que construyó un barrilete con forma de ave que estuvo volando tres días como los pájaros. Lo cierto es que a través de los siglos los barriletes se fueron diseminando por todo el mundo sirviendo para distintos usos en todos los tiempos. Religiosos, ya que volarlos eran un ejercicio de meditación para los chinos; militares, para hacer señales entre campamentos o para asustar al enemigo, científicos porque, por ejemplo, permitió a Benjamín Franklin inventar el pararrayos; o lúdicos. Y es este último el que más conocemos. Cuando llegan los vientos de agosto y septiembre comienzan, como por arte de magia, a elevarse sobre el cielo de nuestro pueblo esas cosas de colores con colas de trapo que en Argentina llamamos barriletes pero que tienen infinidad de nombres según las regiones y países. Los hay comprados, de fabricación china y con formas de aves o de aviones, pero también están los caseros, hechos con todo esmero. Estos son los que gustan más, por los que se sufre si se rompen, porque costó trabajo hacerlos. Pueden ser estrellas difíciles de remontar y más difíciles aún de dominar, que se elevan pesadamente con sus flecos al viento, ostentando los colores de algún club de fútbol. Muy pocas veces tienen forma de cometa y la mayoría de ellas son cuadrados, hechos con papel para barrilete, de diario o de bolsas de nailon. A veces la cola es muy corta y se hace difícil sostenerlos. Otras, los tiros están desparejos y cabecean hacia un costado. O comienzan a girar alocadamente y enfilan hacia el suelo, en una carrera imparable, hasta estrellarse. Los cancheros los arman mal a propósito, para que hagan estas cosas raras. Los que no lo están, reniegan hasta que aprenden las reglas básicas. No es cuestión de usar cualquier hilo, porque si es pesado hace mucha panza y no se eleva. Y cuidado con las ramas y los cables; algunos quedan enganchados para siempre, hasta que las lluvias, los vientos y el sol del verano terminan por degradarlos. Ya no es tan común el envío de "mensajes", aunque cada tanto alguien coloca un papelito o cartón en el hilo para que, empujados por el viento, vayan subiendo hasta alcanzar la cima. ¿Cómo saben los más chicos que ha llegado el momento de los barriletes? ¿Acaso son adivinos? ¿Qué es lo que los hace afrontar vientos helados para lograr remontarlos? ¿Lo ven en la televisión? ¿Les llegan mensajes de texto? ¿Lo encuentran en Internet? Vamos... No todos tienen eso.
via www.acercarweb.com.ar
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